Análisis gráfico con ejemplo de investigación a soluciones de externalidades y beneficio externo

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Análisis gráfico con el ejemplo de investigación. Soluciones de la externalidad. Dificultad de la evaluación del beneficio externo.

El consumo y la producción de ese bien o servicio no tienen en cuenta el beneficio externo que genera y que afecta a otras personas. Las externalidades positivas son aquellas que su consumo mejora el bienestar para otras personas. 

Los efectos externos pueden ser también positivos. Este análisis es simétrico al tratar externalidad negativas. Supongamos que cuando una empresa lleva a cabo actividades de investigación y desarrollo (I+D), las curvas de beneficio marginal privado (BMgp) y coste marginal (CMg) son como las representadas en el gráfico. La empresa elige producir el nivel de I+D R1, donde CMg = BMgp. Además, imaginemos que las actividades de I+D de la empresa permiten que otras produzcan de forma más barata, pero que estas empresas no tienen que pagar por el uso de esos resultados científicos porque forman parte de la cultura general. El beneficio marginal externo (BMge) es el beneficio marginal que obtienen las demás empresas por las distintas cantidades de investigación que la primera empresa realiza. 

El beneficio marginal social (BMgs) de la investigación es la suma, por tanto, de BMgp BMge. 

Análisis gráfico:

La eficiencia económica exigiría la igualdad entre el coste marginal y el beneficio marginal social, que tiene lugar en R*. Esto significa que no se produce una cantidad suficiente de I+D. Del mismo modo que un impuesto pigouviano puede corregir una externalidad negativa, una subvención pigouviana puede servir parar tratar una externalidad positiva. En concreto, si la empresa que realiza las actividades de I+D recibe una subvención igual al Valor del beneficio marginal externo en el nivel de producción óptimo, se verá incentivada a producir una cantidad eficiente. 

Las solicitudes de las subvenciones deben ser contempladas con cuidado por dos razones: 

· La subvención procede de los recursos obtenidos de los impuestos. Cualquier subvención, por tanto, implica una cierta redistribución de la renta desde el conjunto de los contribuyentes hacia quienes la reciben. Aunque la subvención pueda tener consecuencias positivas en términos de eficiencia, sus consecuencias distributivas pueden no ser deseables. En última instancia, esto depende de los juicios de Valor implícitos en la función de bienestar social. 

· El hecho de que una actividad sea beneficiosa no significa por sí mismo que se requiera una subvención por razones de eficiencia. La subvención es adecuada solo si el mercado no permite que quienes generan la externalidad puedan apropiarse del rendimiento marginal total asociado a la misma. 

– Ilustremos estos puntos con dos ejemplos: 

· Las viviendas ocupadas por sus propietarios: Quienes ocupan sus propias viviendas perciben, a través de toda una gama de disposiciones incluidas en la regulación federal del impuesto sobre la renta de las personas físicas, importantes subvenciones. 

Los argumentos acaban por reducirse a la afirmación de que la propiedad de la vivienda genera externalidades positivas: los propietarios cuidan de sus viviendas y se preocupan por mantenerlas limpias, lo que repercute en el bienestar de todo el vecindario. Pero además, la propiedad de una vivienda permite a una persona participar en la vida de la nación, lo que contribuye a la estabilidad social, otro efecto externo deseable. 

El cuidado de una propiedad ciertamente genera externalidades positivas, y es más probable que cuiden de ella quienes la ocupan en propiedad que quienes lo hacen en alquiler. Los beneficios secundarios asociados a la propiedad podrían ser consecuencia del hecho de que un porcentaje de familias que son propietarias de su propia vivienda tienden a tener rentas relativamente elevadas. 

Incluso si una subvención no contribuye a corregir un resultado ineficiente, puede ser justificada sobre la base de sus consecuencias distributivas. 

· La educación superior: El Gobierno federal ha estado financiando de manera general la educación superior desde mediados de la década de los años sesenta. En 2002, las becas, programas de estudio y trabajo y otras formas de ayuda relacionadas con la vida en el campus ascendieron considerablemente. 

Uno de los argumentos para justificar la subvención de la educación superior es que produce externalidades. Este argumento resulta bastante convincente cuando se refiere a la enseñanza primaria y secundaria, porque la escolarización en estos niveles no solo incrementa las posibilidades de ingresos futuros de las personas, sino que además contribuye a la existencia de una población culta y bien informada que es necesaria para el buen funcionamiento de una democracia moderna. 

Muchos opinan que la educación superior debería estar también subvencionada, porque incrementa la productividad. De hecho, las universidades y los centros públicos de educación superior reciben anualmente alrededor de 50.000 millones de dólares en subvenciones de los Gobiernos estatales y locales para su funcionamiento. 

Se ha observado que si los programas de subvenciones fueran recortados, el número de personas que accediera a la universidad sería menor. Es posible que sea verdad, pero no es razón suficiente para justificar la existencia de tales subvenciones. 

La teoría de la economía del bienestar reconoce que es posible justificar un programa ineficiente si de él se derivan unas consecuencias “deseables” sobre la distribución de la renta. Las subvenciones a estudiantes universitarios suponen una transferencia desde los contribuyentes en su conjunto hacia las personas que asisten a la universidad. Si se contempla a los estudiantes como una parte de las familias que se han criado, parece, en efecto, que las ayudas a los programas educativos contribuyen a aumentar la igualdad en la distribución de las rentas. La probabilidad de recibir una beca del Gobierno federal disminuye a medida que la renta familiar aumenta. 

Los préstamos subvencionados y las becas son de vital importancia tanto para los estudiantes como para las propias universidades, que han presionado notablemente para asegurar su mantenimiento. Sin embargo, en ausencia de una demostración convincente de las externalidades generales, los beneficios que tales programas generan para el conjunto de la sociedad resultan menos evidentes. 

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