Los dirigentes del régimen partían del diagnóstico de que España se encontraba, antes de la guerra, en una situación de atraso económico, y en particular industrial, como consecuencia de la incapacidad del sistema económico capitalista-liberal, del fracaso de la iniciativa privada y de la falta de orden en el sistema productivo. Los excesos del sistema democrático estaban en la base del fracaso de España y era necesario corregirlos mediante la autoridad. Correspondía a un Estado totalitario la tarea de sacar a España de su atraso y convertirla en un país industrial. Por tanto, encontramos un intervencionismo y dirigismo estatal. 

Como la libertad económica había conducido al atraso y al enfrentamiento social, se imponía una fuerte autoridad que ordenara y regulara estrictamente la actividad económica. Según las nuevas autoridades, este desarrollo tenía que conseguirse persiguiendo las mayores cotas posibles de autoabastecimiento, con miras a la meta final de la autarquía. Se entendía que un país que quisiera ser militar y políticamente fuerte, y cabeza de un Imperio, tenía que ser económicamente autosuficiente. No se podía depender de otros países y menos de potencias rivales: subordinación de la economía a la política y su consiguiente, fuerte nacionalismo económico. 

La organización de la producción, la producción y el sistema productivo y, en consecuencia, las relaciones labores tenían que estar supeditados al interés superior de la nación. Todos los agentes implicados en la producción debían prescindir de sus intereses particulares y someterlos al interés nacional. Empresarios y obreros, fundidos en la misma categoría de productores tendrían que organizarse en un mismo sindicato vertical que, bajo la autoridad del Estado, tendría como misión el aumento de la producción, a la vez que armonizaría los intereses del empresario y trabajadores. 

En definitiva, los rasgos básicos de la nueva economía política del franquismo eran la búsqueda a ultranza de la industrialización, en un marco de autarquía económica y bajo la dirección totalitaria del Estado. 

En realidad, no había casi nada de nuevo en los planteamientos económicos del franquismo. Así, el proteccionismo era un elemento casi permanente de toda nuestra historia económica que se había reforzado durante el primer tercio del siglo XX. No eran ideas nuevas, la novedad radicaba en su carácter extremista. El franquismo adoptó, sobre la marcha, y para cubrir sus carencias doctrinales, algunos elementos e instituciones desarrollados por las dictaduras nazi y fascista. La aversión a la democracia, la organización totalitaria del Estado, el partido único, el militarismo, la importancia de la propaganda, el control de los medios de comunicación, el aparato represivo y, la estética de las camisas oscuras y los brazos en alto. 

La influencia italiana fue mayor y algunas instituciones como el INI o el INC tienen claros precedentes en el IRI y en la política de colonización. El corporativismo, la condena del liberalismo y la aversión al exterior eran elementos sustanciales del pensamiento de la Iglesia, del tradicionalismo carlista y del conservadurismo, en general. El nacionalismo, la primacía de la autoridad y la regulación eran, igualmente, ideas muy arraigadas entre los militares. Por encima de todo, estos grupos estaban unidos en la idea de la defensa de la propiedad y de los viejos privilegios sociales, religiosos, políticos y económicos. 

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