En el siglo XVIII el producto agrario aumentó en España. Las explotaciones campesinas, que generaban en esta época un porcentaje elevado del producto agrario, recibieron diversos estímulos y presiones para incrementar sus cosechas y esquilmos.

1) Las variaciones en los precios y en los costes incrementaron la Rentabilidad de determinadas actividades. 

2) El mayor número de bocas y la elevación de las rentas territoriales les obligó a expandir sus ingresos agrarios y/o no agrarios. 

Principalmente, el aumento de la producción se debe a la presión demográfica creciente de esa zona o a estímulos procedentes de otros mercados de otras zonas. Los estímulos mercantiles no fueron ajenos al movimiento ascendente de las cosechas y esquilmos. Además, la Rentabilidad de la producción de lana fina fue bastante elevada en esta primera mitad del siglo XVIII. 

Sin embargo, el deseo o la necesidad no eran condiciones suficientes para el incremento de la producción agraria debido a las restricciones medioambientales, tecnológicas, institucionales y/o políticas de España. Que se trata de un país seco en el 85% de su totalidad territorial nacional donde la intensificación de cultivos sólo resultaba posible mediante la aportación de mayores cantidades de abono por hectárea labrada y/o mediante el regadío. España, por su orografía, constituye una de las naciones europeas con mayor porcentaje de terrenos improductivos. 

La aridez y los bajos rendimientos agrícolas determinaban una densidad ganadera reducida y, por tanto, unas disponibilidades de estiércol insuficientes. Y la ampliación de los regadíos se enfrentaba a importantes obstáculos físicos, financieros, mercantiles e institucionales. 

El crecimiento del producto agrario viene dado en algunas partes del territorio, sobre todo en las periferias, por procesos de intensificación como sustitución y/o diversificación de cultivos, como la producción de vino y de aceite, aunque también se veían limitados, en este caso, por el ritmo expansivo de los mercados internos y externos y por los costes de transporte, especialmente elevados en las tierras del interior, por tanto, limitó la importancia que podrían lograr estos cultivos.  En definitiva, en la España interior el crecimiento agrícola tenía una estrecha relación con el impulso roturador encaminado a expandir las sementeras de granos. 

España, sobre todo en su mitad meridional se hallaba todavía escasamente colonizado a comienzos del siglo XVIII, por lo que el margen para extender los cultivos era amplio. Entre 1815 y 1840, sin el estímulo de unos precios elevados y sin mejoras técnicas significativas, la superficie labrada se incrementó considerablemente. 

Las agriculturas tradicionales precisaban conservar ciertos equilibrios entre cultivos, pastizales y zonas boscosas; sin embargo, el área total de superficie agraria productiva no era una constante. Este aspecto de por sí, no debería suponer una reducción de la productividad media de la tierra, de las disponibilidades de alimento para el ganado ni de la reducción del flujo de esquilmos forestales si iban acompañado de diversas intensidades de aclarado de montes y bosques para ampliar los pastizales y/o los aprovechamientos forestales. 

No existían incentivos para la inversión por parte de los propietarios de las tierras debidas a sus rentas fijas, por lo que, en términos generales, la productividad de la tierra es relativamente baja y favorecía la aparición de crisis de subsistencia. Con la presión demográfica, la solución será la incorporación de nuevas tierras, extensión agraria, sobre todo en la primera mitad del siglo XVIII. 

En la segunda mitad del siglo XVIII, lo determina otro factor, más que el aumento de la presión demográfica, que es la subida de los precios agrícolas. Por primera vez, se adopta una decisión por parte de los borbones que es la eliminación de la tasa de grano. Combinada con la eliminación al comercio interior, incentivará a producir más allá de la propia subsistencia. 

Los perjudicados por la subida del Precio de grano, son aquellos que no producen, que viven, por lo general, en las ciudades, como los artesanos, comerciantes, etc., quizá la explicación del Motín de Esquilache junto a otras causas que también los condicionan. 

La restricción medioambiental para la expansión de las tierras viene dada también por situaciones de mercado, hasta que no se produzca una comercialización de carbón, de madera, de pienso, etc., no se producirá un asentamiento estable que permita, luego, la extensión de más tierras. 

En síntesis, el crecimiento del producto agrario en España en el siglo XVIII fue mayor en la franja del mediterráneo y en la cornisa cántabra que en el interior del país; en el interior el crecimiento agrícola mantuvo un elevado grado de dependencia con respecto al ritmo de extensión de los cultivos (crecimiento de tipo extensivo). 

En Galicia, la subdivisión de las explotaciones y la generalización del subforo (que comportó un aumento considerable de las cargas sobre los cultivadores directos) hicieron cada vez más difícil el mantenimiento y la reproducción de buena parte de las economías campesinas (lograron alcanzar ciertos equilibrios gracias a la difusión del maíz y de la papa, a la comercialización de parte de los esquilmos del ganado y a la obtención de mayores ingresos complementarios mediante una participación más intensa en la industria rural y en los flujos migratorios). 

El crecimiento del producto agrario de los territoritos septentrionales no fue acompañado ni de una elevación de la productividad del trabajo, ni de un proceso de urbanización, ni de una fuerte intensificación de los flujos mercantiles; y las familias se vieron cada vez más forzadas, en su afán por la supervivencia, a participar en creciente medida, como oferentes en los mercados de bienes y servicios y en los de fuerza de trabajo. 

Las agriculturas mediterráneas fueron las que registraron transformaciones y procesos expansivos más intensos. No solo respondió a la extensión de las labores, sino también a la sustitución y, a veces, a la intensificación de cultivos (expansión vitícola).

En la Cataluña Vieja, aparecerían contratos de aparcería o de Rabassa morta, ante la creciente demanda de tierras originada por la presión demográfica y por los estímulos mercantiles, por tanto, se solía ceder una parte de los dominios útiles de los payeses, los cuales estaban siendo explotados de un modo poco intensivo, a campesinos, que en su inmensa mayoría no era propietaria o no poseía suficiente tierra para mantener a su familia. Estos contratos, tenían carácter enfitéutico y la duración venía determinada por el período de vida las cepas. 

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